Hay una serie de ideas que todos llevamos por bagaje. Cuantas más generaciones sobreviven estas ideas, más difícil resulta desprenderse de ellas, ya no digamos cuestionarlas mínimamente. Una de estas ideas es que, en el mundo, hay una serie de personas que son geniales. Que son genios sin mácula. Los artífices de la mayoría de los inventos de la era moderna.
Es una idea muy intuitiva: como solo conocemos un puñado muy pequeño de genios, deducimos que, en efecto, hay pocos genios en el mundo. Pero no nos planteamos que quizá haya más genios que, por algún motivo, no salen a la luz.
Relacionado con esta idea, pervive otra, todavía más contumaz: que los grandes descubrimientos no solo los llevan a cabo estos genios, sino que lo hacen a solas, después de largos encierros en sí mismos, aislados de todos, obsesionados con su trabajo, hasta que, por fin, alcanzan su meta. Pero no nos planteamos que quizá un descubrimiento en realidad no tenga un autor único. Que, incluso, un descubrimiento debe de tener, casi por obligación, muchos autores, como piezas de un gran rompecabezas.
Es decir, que las grandes ideas no se producen exactamente en nuestras mentes individuales, sino en diversos hábitats que apoyan o fomentan las grandes ideas, sobre todo si estamos conectados con otras mentes.


Si existe una profesión en la que juventud y éxito están íntimamente ligados es, junto con el deporte, las matemáticas. Todos tenemos la idea de que la brillantez matemática es efímera y se produce en la juventud. Muchos matemáticos actuales, de hecho, se consideran fracasados si no han sobresalido antes de los treinta años.
¿Qué ocurre dentro de nuestro cráneo cuando iluminamos ideas nuevas, cuando inventamos nuevas historias, cuando buscamos soluciones creativas?
La creatividad sigue siendo un elemento misterioso que no suele tenerse demasiado en cuenta a la hora de medir la inteligencia de una persona. La creatividad permite asociar repentinamente ideas que hasta entonces habían permanecido inconexas, y esta asociación se produce a partir de un elemento común.
Cada vez más el cociente intelectual va perdiendo su carácter monolítico. Cada vez más descubrimos que la inteligencia está formada por componentes que se deben entender como independientes entre sí. Howard Gardner resumió esta investigación en La nueva ciencia de la mente, en 1985.
Tenemos la idea de que el genio, consagrado a su trabajo y a sus objetivos profesionales, siempre en una nube, apenas tiene tiempo para los placeres mundanos, incluyendo los carnales.