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[Libros que nos inspiran] 'Contra el rebaño digital' de Jaron Lanier

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c849172.jpgInternet es una herramienta distinta a cualquier otra. Lo que sucede es que Internet presenta la información de una forma que nunca antes se había conocido: mediante hipervínculos, imágenes, comentarios, anuncios, etc. Ello provoca que nuestra atención se vea continuamente fragmentada. La lectura profunda que requiere determinados temas es muy difícil de llevar a cabo en Internet.

Podemos acceder a toneladas de conocimiento digitalizado, pero cada vez resulta más difícil profundizar en él. Google no tardará en digitalizar todos los libros del mundo, pero ello más bien podría ser la forma perfecta para que la gente no los lea como deberían leerse.

Ésta es la tesis mantenida por investigadores como Nicholas Carr, y que ahora viene a refrendar Jaron Lanier en este libro: Contra el rebaño digital. Para que borréis enseguida de vuestra cabeza que Lanier es un ludita o un tecnófobo, prestad atención a su currículo.

Lanier es es experto en informática, músico, artista gráfico y autor. Una de las cien personalidades más influyentes del mundo en 2011 según la revista Time, es muy conocido en el campo de la informática por sus trabajos sobre la realidad virtual (expresión acuñada por él), que le valieron el galardón al Lifetime Career del IEEE en 2009. En un artículo en la revista Wired se le define como “la primera figura de la tecnología que ha logrado el estrellato en la cultura contemporánea”. Ha trabajado tanto en entornos académicos, sobre todo en relación con Internet2, como en el sector privado, participando en la creación de empresas que acabaron compradas por Oracle, Adobe y Google. Obtuvo un doctorado Honoris Causa del Instituto de Tecnología de New Jersey en 2006. En la actualidad trabaja en Microsoft en proyectos aún secretos. La Enciclopedia Británica le ha incluido en la lista de los trescientos inventores más importantes de la historia.

Y sin embargo, en este libro carga las tintas contra una de sus mayores pasiones: la tecnología, lo digital, el conocimiento generado a través de Internet.

Los argumentos son lúcidos, sin embargo, están menos articulados y respaldados por estudios como los presentados por Nicholas Carr en su libro Superficiales. Con todo, Contra el rebaño digital es una buena lectura para quienes crean que Internet solo puede proporcionarnos cosas buenas, y que cualquier que critique esa verdad universal sencillamente es un analfabeto digital.

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La Casa de la Sabiduría de Bagdad

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casa_de_la_sabidur_a.jpgHay lugares que son capaces de cambiar la historia del conocimiento. Epicentros en los que confluyen mentes brillantes y que viven a una velocidad cognitiva mucho más rápida que la del resto del mundo. Algo así como puertas al futuro. Un mercado en el que las ideas corren libres, sin mordazas ni patentes, y se mezclan unas con otras, en perfecto mestizaje, hasta generar cosas que nadie ha visto antes.

Uno de los lugares de esta naturaleza, probablemente uno de los menos conocidos, es la Casa de la Sabiduría.

Este lugar nació en el mundo islámico, cuando los gobernantes creaban vínculos intelectuales por decreto imperial. Estaba situado en Bagdad, a unos 80 km al norte de la antigua Babilonia, y allí empezaron a coleccionar, literalmente, mentes brillantes. No en vano, aquí se fundó el álgebra, o se escribió uno de los primeros tratados de ecología.

La llamada Casa de la Sabiduría fue una suerte de instituto de investigación cuya primera tarea era importar el conocimiento universal y traducirlo al árabe, convirtiendo a Bagdad en el centro intelectual de Oriente Medio y posiblemente del mundo entero, tal y como explica Edward Glaeser en su libro El triunfo de las ciudades:

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Ayer fui a la farmacia y me quisieron vender flores de Bach

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flores-de-bach-parte-2.jpgVoy a contar una anécdota que me pasó ayer por la tarde. Acompañé a una persona a la farmacia porque buscaba algún producto que la relajase antes de ir al dentista: le tiene pavor. Pero el pavor acabó metiéndose en mi persona, en cuestión de segundos: la farmacéutica, todo dientes, amusgó los ojos y nos dijo casi confidencialmente que tenía justo lo que buscábamos; se dio la vuelta y se hizo con un recipiente de flores de bach.

Por un segundo perdí el equilibrio, di un paso atrás y miré en derredor, con tan mala suerte que mis ojos se toparon con un letrero iluminado donde se anunciaban los Laboratorios Boiron (sí, la mayor responsable de vender homeopatía a cascoporro). Os prometo que lo próximo que esperaba fue, no sé, que la farmacéutica nos hiciera un juego de manos o nos masajeara el aura mientras decía con voz gangosa: “Bendiciones desde Raticulín”.

Sé que las flores de bach y la homeopatía son un fraude porque he invertido horas en investigar cómo funcionan ambos tratamientos, sin embargo la mayoría de la gente no tiene tiempo suficiente para investigar absolutamente todo lo que le ponen por delante. Cuando uno traspone la puerta de una farmacia deposita su confianza en el farmacéutico, al igual que la deposita en el arquitecto, el abogado o cualquier otro especialista. Sencillamente porque no podemos saberlo todo respecto a todo.

A medida que los conocimientos de la humanidad se han ido ampliando, ha venido siendo necesario que distintas personas se especializaran en diversas parcelas del mismo. Los poderes públicos son los garantes de escoger a los expertos acreditados a fin de que nos orienten en nuestras dudas: ¿cómo arreglo este motor? ¿Cómo puedo hacer esta declaración de la renta? ¿Qué fármaco es el más indicado cuando estoy nervioso?

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¿Qué es el conocimiento y cómo se adquiere?

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Decía Max Planck que “los experimentos son el único medio de conocimiento a nuestra disposición. El resto es poesía, imaginación”. Unas palabras muy pertinentes en los tiempos que corren, donde todo el mundo parece esgrimir su propia verdad y espera el mismo respeto epistemológico de ella.

Para clarificar cuán diferente es el conocimiento científico del conocimiento pedestre, de la intuición o de las creencias (o de lo que nos ha dicho un amigo sobre algo), Robin Dunbar propone el siguiente ejemplo.

Imaginad que queréis averiguar qué determina el crecimiento de las cosechas. A ojo cubero, hay muchos factores que podrían influir: la cantidad de lluvia, la temperatura, el viento, la naturaleza del terreno, la inclinación y la orientación de la tierra, el mes en que tuvo lugar la siembra, el signo del Zodiaco cuando ésta se hizo, el número de pájaros que emigraron esa primavera, el número de días desde que comenzó el mundo…

Si bien es cierto que todas estas suposiciones podrían ser verdaderas, nadie es capaz de afirmar qué factores influyen de verdad en el crecimiento de las plantas y cuáles son correlaciones fortuitas, sin relación alguna con ese crecimiento.

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¿Los que no saben ciencia están completamente ciegos? (II)

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La ciencia no es una filosofía ni un sistema de creencias. Es una combinación de operaciones mentales que se adquiere por hábito, nunca por herencia genética. Nadie nace científico, aunque todos nazcamos con propensión a emocionarnos con las historias de ficción o la música.

La ciencia no es algo natural. Es una construcción humana que va más allá de nuestros sentidos y nuestras reflexiones, y que desafía continuamente lo que creemos saber sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

La ciencia nos ha descubierto que literalmente estamos ciegos a casi todo lo que sucede en la realidad que nos rodea. Una cultura precientífica creía la luz visible era la única luz que existía. Atrapada en la caverna de Platón no podía advertir jamás que había más luz que no podía registrar con sus torpes sentidos.

La ciencia instrumental ha descubierto lo que hay más allá, y ha determinado que la luz visible sólo es una ínfima parte de la radiación electromagnética, que comprende longitudes de onda de 400 a 700 nanómetros, dentro de un espectro que va desde las ondas gamma, billones de veces más cortas, a las ondas de radio, billones de veces más largas.

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¿Los que no saben ciencia están completamente ciegos? (I)

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science.jpg¿Hasta qué punto es importante la ciencia para desenvolvernos en el mundo? No ya tanto la acumulación de datos científicos inequívocos (como que las espinacas en realidad no tienen demasiado hierro, por mucho que lo dijera Popeye) sino el hecho de contemplar las cosas a través de un prisma científico.

¿Se puede decir que la gente que observa el mundo y a sí misma bajo ese prisma tiene las gafas mejor graduadas que el resto de la gente? ¿Es exagerado afirmar que los segundos sufren de presbicia o cataratas?

En la actualidad, la gran línea divisoria entre los seres humanos ya no es tanto la raza o la religión. Tampoco es tan importante el alguien sea culto o analfabeto. Todas esas personas, en mayor o menor medida, en el fondo son muy similares a la hora de discurrir.

Lo que divide a los seres humanos y los convierte en criaturas altamente diferenciadas, como podrían serlo los Australopitecus y los Homo Sapiens, no es otra cosa que el saber científico. Entonces es cuando las personas viven de verdad en universos diferentes.

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