Internet es una herramienta distinta a cualquier otra. Lo que sucede es que Internet presenta la información de una forma que nunca antes se había conocido: mediante hipervínculos, imágenes, comentarios, anuncios, etc. Ello provoca que nuestra atención se vea continuamente fragmentada. La lectura profunda que requiere determinados temas es muy difícil de llevar a cabo en Internet.
Podemos acceder a toneladas de conocimiento digitalizado, pero cada vez resulta más difícil profundizar en él. Google no tardará en digitalizar todos los libros del mundo, pero ello más bien podría ser la forma perfecta para que la gente no los lea como deberían leerse.
Ésta es la tesis mantenida por investigadores como Nicholas Carr, y que ahora viene a refrendar Jaron Lanier en este libro: Contra el rebaño digital. Para que borréis enseguida de vuestra cabeza que Lanier es un ludita o un tecnófobo, prestad atención a su currículo.
Lanier es es experto en informática, músico, artista gráfico y autor. Una de las cien personalidades más influyentes del mundo en 2011 según la revista Time, es muy conocido en el campo de la informática por sus trabajos sobre la realidad virtual (expresión acuñada por él), que le valieron el galardón al Lifetime Career del IEEE en 2009. En un artículo en la revista Wired se le define como “la primera figura de la tecnología que ha logrado el estrellato en la cultura contemporánea”. Ha trabajado tanto en entornos académicos, sobre todo en relación con Internet2, como en el sector privado, participando en la creación de empresas que acabaron compradas por Oracle, Adobe y Google. Obtuvo un doctorado Honoris Causa del Instituto de Tecnología de New Jersey en 2006. En la actualidad trabaja en Microsoft en proyectos aún secretos. La Enciclopedia Británica le ha incluido en la lista de los trescientos inventores más importantes de la historia.
Y sin embargo, en este libro carga las tintas contra una de sus mayores pasiones: la tecnología, lo digital, el conocimiento generado a través de Internet.
Los argumentos son lúcidos, sin embargo, están menos articulados y respaldados por estudios como los presentados por Nicholas Carr en su libro Superficiales. Con todo, Contra el rebaño digital es una buena lectura para quienes crean que Internet solo puede proporcionarnos cosas buenas, y que cualquier que critique esa verdad universal sencillamente es un analfabeto digital.

Hay lugares que son capaces de cambiar la historia del conocimiento. Epicentros en los que confluyen mentes brillantes y que viven a una velocidad cognitiva mucho más rápida que la del resto del mundo. Algo así como puertas al futuro. Un mercado en el que las ideas corren libres, sin mordazas ni patentes, y se mezclan unas con otras, en perfecto mestizaje, hasta generar cosas que nadie ha visto antes.
Voy a contar una anécdota que me pasó ayer por la tarde. Acompañé a una persona a la farmacia porque buscaba algún producto que la relajase antes de ir al dentista: le tiene pavor. Pero el pavor acabó metiéndose en mi persona, en cuestión de segundos: la farmacéutica, todo dientes, amusgó los ojos y nos dijo casi confidencialmente que tenía justo lo que buscábamos; se dio la vuelta y se hizo con un recipiente de
Decía Max Planck que “los experimentos son el único medio de conocimiento a nuestra disposición. El resto es poesía, imaginación”. Unas palabras muy pertinentes en los tiempos que corren, donde todo el mundo parece esgrimir su propia verdad y espera el mismo respeto epistemológico de ella.
La ciencia no es una filosofía ni un sistema de creencias. Es una combinación de operaciones mentales que se adquiere por hábito, nunca por herencia genética. Nadie nace científico, aunque todos nazcamos con propensión a emocionarnos con las historias de ficción o la música.
¿Hasta qué punto es importante la ciencia para desenvolvernos en el mundo? No ya tanto la acumulación de datos científicos inequívocos (como que las espinacas en realidad no tienen demasiado hierro, por mucho que lo dijera Popeye) sino el hecho de contemplar las cosas a través de un prisma científico.