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Supongo que la mayoría de vosotros conoce la película El club de la lucha (Fight Club). En una de las escenas más memorables (qué difícil es escoger solo una), Tyler Durden ordena a los nuevos reclutas que salgan a la calle y busquen pelea con cualquiera. La idea es provocar a alguien hasta el punto de que esa persona decida darles candela. A pesar de que los reclutas hacen todo lo posible para provocar la pelea (mojar a un señor con traje con una manguera, saltarse la cola, imitar los gestos de un viandante, etc.), nadie reacciona peleando, tal y como sucede en las películas o en las discotecas (cuyos monos danzantes van hasta arriba de alcohol y drogas).
Lo que hace la gente ante un provocación tan flagrante, ante un comportamiento tan anormal, es sentir estupor, confusión, desconcierto. Tal vez, a continuación haya, eso sí, un pequeño arrebato de furia. En El club de la lucha, pues, reírse de la gente y quedar impune es muy cool. Y por esa clase de motivos la película gusta tanto a encefalogramas planos.
Quienes me leéis con regularidad ya conocéis mi aversión por las personas normales. Lo normal es atonal, monótono y neutro. La ortodoxia es aburrida. En el mundo hay mucha gente pero pocas personas, que diría Mafalda. Los locos abren los caminos que más tarde seguirán los sabios, que diría Carlo Dossi. Y hasta he escrito sobre cómo nos volvemos idiotas en cuanto pensamos en grupo, como en Si mucha gente cree una cosa no significa que ésta sea verdad: la disonancia cognitiva de los grupos o La mayoría se equivoca: matemáticamente comprobado.
Pero ser anormal, dar la nota, aprovecharse de los demás, colarse en el cine y comportamientos afines no son tan estupendos como parecen.
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