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Hay un dicho muy apegado al terruño español, un tanto grosero pero muy generalizado: menos mi madre y mi hermana, todas putas. De nuevo la cultura popular refrenda que somos más conscientes de los defectos de los demás que de los propios (o los de nuestros allegados).
Diversos experimentos en países de todo el mundo hacen hincapié en esta tendencia, sobre todo en el ámbito del tráfico rodado. Los psicólogos lo denominan “sesgo optimista”, y un sketch de los Monty Python lo ridiculizaba así: “¡Todos estamos por encima de la media!”.
Algunos psicólogos sugieren que esta tendencia quizá responda a una muleta psicológica a fin de afrontar con mayor confianza la tarea que generalmente resulta más peligrosa y compleja a nivel de coordinación psicomotriz de las personas normales: la conducción de un coche.
De hecho, un estudio reveló que los conductores eran más optimistas que los pasajeros cuando se les pedía que puntuaran sus probabilidades de verse envueltos en un accidente de tráfico.
Esta tendencia también explicaría la razón de que la mayoría de conductores esté en contra de las nuevas medidas viarias, al menos en un principio, como la obligación de llevar cinturón de seguridad o la restricción del uso de teléfonos móviles. Además, sobrevaloramos los riesgos para la sociedad e infravaloramos el nuestro propio.
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