Una serie de recientes estudios psicológicos, como el publicado a finales de 2008 por la revista Psychological Science por parte de un equipo de investigadores de la Universidad de Míchigan, sugiere que, después de pasar un tiempo en un entorno rural tranquilo, próximos a la naturaleza, las personas mejoran su grado de atención, su memoria y su cognición.
Un cerebro más relajado, que no está a merced de continuos bombardeos de estímulos externos, funciona mejor. La sobrecarga de información que sufrimos en las grandes ciudades funde nuestros plomos.
En el estudio dirigido por el psicólogo Marc Berman, se reclutó a decenas de personas que fueron sometidas a pruebas diseñadas para medir la capacidad de su memoria de trabajo y su capacidad para ejercer control sobre su atención.

No es la primera vez que os hablo de la poca solvencia de nuestro cerebro a la hora de elaborar juicios o forjar convicciones sobre el mundo. El efecto anclaje no es más una de estas manifestaciones del la imperfección.
Nuestro cerebro resulta muy impreciso a la hora de valorar o creer en algo. Simplemente agarramos los datos disponibles, rellenamos los huecos… y ancha es Castilla, como suele decirse.
Si echamos un vistazo a cualquier texto de psicología del desarrollo que tenga algunos años descubriremos que los bebés de 8 meses de edad todavía no se dan cuenta de que los objetos continúan existiendo tras haber desaparecido de su campo visual.
Como persona despistada que soy, leer esta clase de estudios me tranquiliza: ser despistado es más común de lo que parece, y ya no digamos si las cosas dependen de nuestra memoria, frágil y maleable hasta decir basta.
Manipular el juicio de las personas es más fácil de lo que parece: nuestros cerebros parecen haber sido diseñados para ser crédulos y para dejarse influir por los datos inmediatos, como os demostré en el artículo
Hoy vamos a juzgar a Donald. No al pato Donald: si compareciese en el juicio, probablemente no entenderíamos casi nada de lo que tuviera que alegar. Vamos a juzgar a un hombre anónimo llamado Donald para descubrir que nuestra mente, en cierto modo, a veces actúa de forma tan torpe como el habla del pato Donald.
Leer es una actividad muy propia del ser humano actual, pero es relativamente reciente. El posar nuestros ojos sobre pulpa de árbol prensada y manchada por miles de insectos de tinta tiene muy poco de natural.
La mente humana tiene limitaciones (y no hace falta ser Belén Esteban para tenerlas), porque la mente no fue concebida originalmente para conocer la verdad sino para sobrevivir.