Todos sabéis lo importante que es la belleza hoy en día. Pero seguramente os no sabéis una cosa. Que ahora la belleza no es más importante que antes: siempre lo ha sido. Y, sobre todo, que la belleza es inmensamente más importante de lo que llegais a imaginar. La belleza influye en los ámbitos de la vida.
En la Edad Media, cuando dos hombres eran acusados por idéntico delito, el juez condenaba al menos agraciado físicamente de los dos. Y en caso de duda, los feos eran los culpables. Aunque os parezca algo periclitado, también sucede en la actualidad, aunque de forma más subliminal.
Las cárceles de todo el mundo tienen un porcentaje más elevado de feos que de bellos. Las personas solemos acusar con mayor severidad al feo, y justificamos normalmente al bello. Algunos expertos en jurisprudencia están tan convencidos de que la belleza física es un condicionamiento en las salas de justicia que propugnan que los acusados de cualquier delito no aparezcan personalmente en el juicio o, al menos, que tengan derecho a que otra persona de belleza normal les represente; una persona contratada en una suerte de agencia de modelos que obre como doble del encausado.
