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Café

¿El café aumenta la esperanza de vida?

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1337242034_0.jpgEste mes estamos prestándole especial atención al café, con artículos como Si el café huele tan bien, ¿por qué hace que te huela tan mal la boca? o Lo contraproducente del café de comercio justo. Manteniendo esta línea, hay que hacer hincapié en una investigación reciente cuyos resultados son, cuando menos, chocantes. Nada menos que el café podría aumentar nuestra esperanza de vida.

Lo más chocante, sin embargo, es que no importa si el café es descafeinado o no. Es decir, que la cafeína no parece estar implicada en esta propiedad.

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Lo contraproducente del café de comercio justo (y II)

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cafe2.jpgTal y como os explicaba en la primera entrega de este artículo, la estrategia seguida por el comercio justo es, en pocas palabras, la siguiente: intentamos pagar más a los productores, a la vez que intentamos persuadirles de que produzcan menos. La propia Oxfam tuvo que admitir que fijar los precios del comercio justo no haría nada para tratar el problema subyacente, que era el exceso de oferta de café.

Se propuso entonces otra estrategia aún más delirante: recomendar a los gobiernos y empresas que compraran aproximadamente 5 millones de sacos de café y los destruyeran. Es decir, en vez de dar ese dinero (unos 100 millones de dólares) a los pobres para dejar que cultiven algo que la gente necesite, pagarles por cultivar algo que ni siquiera necesitamos, para que luego podamos destruirlo.

Con razón, pues, el café de comercio justo es más caro: hay que pagar la parte que consumimos y la parte que tiramos al mar.

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Lo contraproducente del café de comercio justo (I)

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1.jpgUno de los lugares donde más me inspiro para escribir, aparte de las bibliotecas con salas de Internet separadas totalmente de las salas de lectura, son las cafeterías. Sobre todo las cafeterías donde hay más parroquianos pero hablan como un runrún de fondo, donde hay enchufes para conectar mi portátil (y la dueña no viene a decirme si voy a estar mucho más conectado) y donde los camareros, en general, no andan con la mosca detrás de la oreja porque un cliente se pasa unas horas tecleando. (Lo de que haya WiFi incluido ya ni me lo planteo: es mera utopía).

Mis dosis cafeínicas, pues, están muy medidas para que no se devalúe su efecto: tomo unos tres cafés semanales, y siempre me producen la misma sensación: mejoran increíblemente mi concentración y mi capacidad de trabajo, así como mi locuacidad. Y eso ocurre a los pocos minutos de haber tomado el primer sorbo, algo así como beber de la marmita de Astérix y Obélix.

Así que las cafeterías, y particularmente el café, constituye un factor coadyuvante a mi creación literaria y periodística. Ahora mismo, sin ir más lejos, me encuentro aporreando el portátil en una cafetería de Hospitalet de Llobregat (Barcelona), hace 15 minutos que he finiquitado una taza de café, y hace un calor de mil demonios: este año, en aras de ahorrar, muchos locales se niegan a poner el aire acondicionado aunque el ámbito del lugar parezca una sauna turca.

Esto viene a cuento porque soy sensible a los precios del café, y por tanto al café de “comercio justo”, algo así como fijar los precios en interés de la justicia global distributiva. Si bien la iniciativa empezó hace mucho tiempo, adquirió cierto impulso en el año 2001, a raíz del exceso de oferta en los mercados mundiales, que condujo a un descenso catastrófico en el precio al por mayor de los granos de café. Muchos países empobrecidos por el descenso de precio, pues, deberían sacar ventaja del café de comercio justo.

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Si el café huele tan bien, ¿por qué hace que te huela tan mal la boca?

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Entras en una cafetería, y el aroma a café es tan entrañable que dan ganas de ponerse a leer o de platicar sobre filosofía con el primero que se ponga a tiro. Incluso ya comercializan ambientadores con olor a café tostado. Sin embargo, nadie siente lo mismo después de meter las narices en la boca de un bebedor de café.

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¿Por qué el café del Starbucks es tan caro?

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La gente acude en masa a las cadenas de cafeterías Starbucks a pesar de que tienen una oferta de bebidas y comidas ostensiblemente inferior a la de la mayoría de cafeterías. Además, la gente paga caro el café (un simple capuchino puede costar 2,55 dólares en Nueva York, por ejemplo), cuando el café no es especialmente mejor al de cafeterías con precios más razonables.

Sin embargo, ¿hemos de considerar que el dueño de Starbucks, Howard Schultz, se está haciendo asquerosamente rico porque hincha los precios de sus productos hasta límites obscenos?

No exactamente. Primero hay que tener en cuenta que, si bien el café en sí mismo sólo cuesta unos cuantos céntimos, olvidamos todo lo que rodea al café. Por ejemplo, la electricidad del local, el coste de las tazas de papel, el sueldo de los empleados, etc.

De todas maneras, tras sumar todas estas variables, el valor al que llegamos sigue siendo menor al precio de la taza de café. De acuerdo con el catedrático de Economía Brian McManus, el margen de ganancia de café ronda el 150 por ciento: cuesta 40 centavos preparar una taza de café de un dólar, y cuesta menos de un dólar preparar un café con leche pequeño, que se vende a 2,55 dólares.

¿Entonces? ¿Qué otro factor origina ese elevado precio?

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La cantidad perfecta de edulcorante en la Pepsi Light y la salsa para espaguetis platónica (y II)

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spaghettipizza_1_2.jpgAyer os desvelaba los intentos infructuosos de Howard Moskowitz de alcanzar la cantidad perfecta de edulcorante en la Pepsi Light. En 1986, Moskowitz recibió un encargo similar de la empresa de sopas Campbell´s (sí, del que luego surgiría el arte pop de Warhol).

Campbell´s estaba trabajando en una salsa para espaguetis que compitiera contra la marca Ragú: la Prego.

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El café descafeinado y la huella que deja sobre la mesa

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Para la gran mayoría el café es la gasolina para desperezarse cada mañana. Tras ingerir la dosis de cafeína matutina, muchos agradecen que el café sea una droga legal. La cafeína se encuentra no sólo en el café, sino en algunos tés, en el chocolate, en la nuez de kola y en otros alimentos derivados de ellos. Pero admitámoslo: no hay nada como la dosis de cafeína de una buena taza de café.

A otros, sin embargo, la cafeína les pone nerviosos o tienen prohibida su ingestión por prescripción facultativa. Para eso fue inventado el café descafeinado, para quienes no quieren prescindir del sabor y el aroma del café. No obstante, el café descafeinado sí que tiene cafeína, aunque en cantidades muy pequeñas: entre 0,02 % y 0,05 %.

Descafeinar el café precisa de unos medios muy complejos. El proceso empieza por liberar la cafeína mediante un tratamiento al vapor (a 120 grados centígrados) del café verde. Con ello se logra el aumento de la permeabilidad de los granos para incoporar después, mediante un tratamiento de agua o disolventes orgánicos, los agentes que disuelven y extraen la cafeína, uno de los principales alcaloides del café.

Finalmente, se seca por aire caliente y se tuesta en las mismas condiciones que un café natural. Así se preservan las sustancias que mantienen los principales rasgos del café.

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Sobredosis... ¿de cafeína?

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Café El café, ese producto que muchos usan como estimulante a lo largo del día y que fuera considerado como “oro negro” nunca ha dejado de levantar y desatar pasiones entre sus fervientes admiradores y sus detractores.

¿Tomar café es bueno o malo? Lo cierto es que los rumores no cesan sobre esta sustancia pero lo realmente verdadero en todo esto es lo siguiente: “La cafeína estimula el sistema nervioso central”.

¿Es saludable tomar café?

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