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Uno de los lugares donde más me inspiro para escribir, aparte de las bibliotecas con salas de Internet separadas totalmente de las salas de lectura, son las cafeterías. Sobre todo las cafeterías donde hay más parroquianos pero hablan como un runrún de fondo, donde hay enchufes para conectar mi portátil (y la dueña no viene a decirme si voy a estar mucho más conectado) y donde los camareros, en general, no andan con la mosca detrás de la oreja porque un cliente se pasa unas horas tecleando. (Lo de que haya WiFi incluido ya ni me lo planteo: es mera utopía).
Mis dosis cafeínicas, pues, están muy medidas para que no se devalúe su efecto: tomo unos tres cafés semanales, y siempre me producen la misma sensación: mejoran increíblemente mi concentración y mi capacidad de trabajo, así como mi locuacidad. Y eso ocurre a los pocos minutos de haber tomado el primer sorbo, algo así como beber de la marmita de Astérix y Obélix.
Así que las cafeterías, y particularmente el café, constituye un factor coadyuvante a mi creación literaria y periodística. Ahora mismo, sin ir más lejos, me encuentro aporreando el portátil en una cafetería de Hospitalet de Llobregat (Barcelona), hace 15 minutos que he finiquitado una taza de café, y hace un calor de mil demonios: este año, en aras de ahorrar, muchos locales se niegan a poner el aire acondicionado aunque el ámbito del lugar parezca una sauna turca.
Esto viene a cuento porque soy sensible a los precios del café, y por tanto al café de “comercio justo”, algo así como fijar los precios en interés de la justicia global distributiva. Si bien la iniciativa empezó hace mucho tiempo, adquirió cierto impulso en el año 2001, a raíz del exceso de oferta en los mercados mundiales, que condujo a un descenso catastrófico en el precio al por mayor de los granos de café. Muchos países empobrecidos por el descenso de precio, pues, deberían sacar ventaja del café de comercio justo.
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