En la Inglaterra medieval ya existían los peajes o leyes que limitaban de algún modo el tráfico de carros. También se prohibía el acceso de carros alzados en las ciudades porque dañaban los puentes y pavimentos. El exceso de velocidad se convirtió en un problema social.
En Liber Albus, libro de normas del Londres del siglo XV, prohibía a un cochero “conducir su carro más rápido cuando va vacío que cuando va cargado.” Contravenir esta norma suponía una multa por exceso de velocidad de 40 peniques. O incluso podías ir a la cárcel.

Solemos creer que el pasado era mejor que el presente. Y la nostalgia se nos dispara si el objeto de comparación son los atascos de tráfico. Estamos atrapados en una autopista con miles de vehículos contaminantes y pensamos: ojalá las cosas fueran como antes, en elegantes coches de caballos, sin congestiones interminables de tráfico.
Sufrir accidentes de tráfico con caballos también era espantosamente común. Los caballos no son fáciles de controlar, sobre todo en calles resbaladizas y abarrotadas. En 1900, pues, los accidentes de caballos acabó con la vida de 200 neoyorquinos, 1 de cada 17.000 habitantes. (En 2007, murieron en accidentes de coche 274 neoyorquinos, uno de cada 30.000: un neoyorquino tenía casi el doble de probabilidades de morir atropellado por un caballo en 1900 que por un coche hoy en día).
Voy a hablaros de un medio de transporte que producía grandes atascos, inmensos gastos en seguridad e innumerables accidentes mortales de tráfico. Un medio de transporte que consumía tanto combustible que ello provocaba la subida estrepitosa de los precios de los alimentos, causando escasez. Un medio de transporte que producía emisiones contaminantes y tóxicas, que ponían en peligro el medio ambiente y la salud de la gente. 