Reconozco una afición desmedida por todo lo que haga Bill Bryson. Sus libros de viajes, os lo garantizo, es de lo más divertido que he leído en mi vida, sobre todo uno que tiene dedicado a los aspectos menos conocidos de la vida estadounidense. Incluso su biografía de Shakespeare, aunque más árida, tiene un punto de atractivo del que carecen la mayoría de biografías. También disfruté como un enano con su autobiografía, sí, la propia infancia de Bryson. Y lástima que sus divertidos ensayos sobre la lengua inglesa sea difícilmente traducibles.
Y es que Bryson, además de un gran comunicador, es un tipo entrañable. Suele incluirse en sus narraciones como una persona patosa y distraída, aunque con una capacidad inusual para ver en lo cotidiano la épica de lo exótico. (Si leéis su libro de viajes sobre Australia entenderéis lo que quiero decir).
Bryson es tan cercano y ameno que, incluso, hizo una incursión en la divulgación científica. Nada menos que un libro que trata de manera general todos los conocimientos que atesoramos sobre ciencia. Y de nuevo lo consiguió: al leerle no sentimos que leemos a un profesor sabelotodo sino un abuelete simpático que nos cuenta sus batallitas con ese brillo en los ojos del que se emociona con la más mínima cosa.


Los indios mexicanos huicholes cometen errores deliberados en su trabajo. En los huipiles, las prendas más comunes entre las mujeres indígenas mexicanas, los quechquémeles, una especie de capa de algodón bordada de colores, y demás tejidos salidos de sus telares, todos ellos de una belleza ancestral, cometen un pequeño defecto camuflado en la infinita trama para no irritar a los dioses con su perfección.
De la misma manera que una persona perpetuamente infeliz no es biológicamente factible, tampoco lo es una persona perpetuamente feliz (no buscaría maneras de mejorar su existencia y, por tanto, de progresar en un mundo cambiante y amenazador). Así pues, la búsqueda de la felicidad se asemeja un poco a la zanahoria que cuelga siempre a unos centímetros del belfo del asno.
Este mes veraniego es propicio en cenas frente al mar, degustando la fauna que sale del agua, como las ostras. Pero no es de otras comestibles, de las que sirven en cualquier restaurante, de las que os voy a hablar, sino de ostras perleras.
Cuando imaginamos una morsa pensamos, sobre todo, en colmillos grandes. No en vano, el nombre científico de la morsa, Odobenus rosmarus, significa “caballo marino que camina con los dientes”. Aunque lo de caballo es un eufemismo: más bien parecen el dibujo infantil de una bolsa deforme.
Como es domingo, nada mejor que relajar las neuronas como una serie de datos curiosos que no van a cambiar sustancialmente nuestra vida pero que seguro que nos hacen esbozar una sonrisa.