Muchos científicos son creyentes e, incluso, se dejan seducir por asuntos sobrenaturales o que se hallan extramuros de la ciencia oficial (aunque dudo que alguno apoye las ligerezas granguiñolescas de Friker Jiménez). Porque, aunque sea difícil de creer, los científicos también son seres humanos, con sus miedos, sus anhelos, sus sentimientos, sus debilidades, sus intuiciones ilógicas, sus manías persecutorias e incluso su falta de fe hacia el método científico.
Por ello no debemos caer en el error de confundir la ciencia con los científicos. El método científico es la forma más idónea que conocemos para alcanzar una verdad consensuada y temporal. Los científicos no siempre son la mejor forma de hacerlo.
Como prueba de ello, como prueba de que los científicos no pueden escapar del marco sociocultural en el que se han criado, al igual que los filósofos (los hubo misóginos, machistas y pro esclavistas) y cualquier otra profesión íntimamente ligada al intelecto, hoy voy a hablaros del eminente Newton y su obsesión por las profecías bíblicas.

Las investigaciones, ya se realicen en el laboratorio, en la consulta o frente al ordenador casi siempre acaban en manos de las calculadoras y en términos más abstractos como la significación estadística, errores alfa y beta, sensibilidad o especificidad. A la hora de devolver esas cifras a la práctica tenemos más problemas. Por ejemplo, no hay ningún valor que nos diga si la asociación entre dos variables corresponde a una relación causa-efecto o no.