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Persi Diaconis: el experto en coincidencias

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persi-diaconis.jpgPersi Diaconis es un matemático de Stanford especializado en coincidencias (y ex mago). Es decir, que Diaconis se dedica a averiguar las probabilidades de que cualquier cosa suceda. La gente de la calle acostumbra a confundir “casualidad” con “causalidad”, pero Diaconis no lo hace.

Algunos de sus hitos son el haber inventado un modelo probabilístico que ayuda a resolver problemas de aleatoriedad. También escribió uno de los artículos más importantes sobre las matemáticas y la psicología de las coincidencias, afirmando que determinadas leyes estadísticas poco conocidas hacen que algunos sucesos aparentemente imposibles ocurran con una frecuencia sorprendente. La ley de los grandes números es un ejemplo.

Diaconis también fue invitado por los casinos de las Vegas para determinar si sus máquinas mezcladoras de baraja realmente ordenaban al azar los naipes. Resultó que no lo hacían.

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Las extrañas investigaciones de Trinkaus: ¿por qué perdemos siempre los guantes?

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guante_de_cuero_negro_de_anna_david.jpgJohn Trinkaus, de la Universidad de Nueva York, dedicó casi toda su vida a observar a la gente. Pero no se limitaba a contemplar sus actividades con ese aire ausente con el que los jubilados contemplan las obras, sino que trataba de hacerlo bajo un prisma científico.

Tanto es así que, simplemente escudriñando las actividades cotidianas, Trinkaus ha escrito casi cien artículos académicos sobre el tema. Quizá Trinkaus sea una de las personas que más sabe de tópicos.

Por ejemplo, uno de los trabajos más extraños de Trinkaus fue el relativo a cómo se extravían los guantes y otros objetos personales. Seguro que a todos os ha pasado alguna vez. Habéis perdido uno de los pares de guantes o de calcetines. Sencillamente parecen haberse esfumado.

Trinkaus quería saber por qué hay objetos personales que se pierden y dónde van a parar, así que se dedicó a monitorizarlos. Sus resultados fueron publicados en el artículo “Los guantes como pertenencia que tiende a desaparecer. Una mirada informal.” No es broma.

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¿Es posible predecir de qué lado caerá una moneda?

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Todos hemos jugado alguna vez a tirar una moneda y escoger cara y cruz. Pero ¿es posible predecir si saldrá cara o cruz? Pues en principio, sí.

Los mecanismos básicos de la acción de lanzar una moneda son relativamente sencillos, por lo que las ecuaciones resultantes pueden resolverse con un ordenador.

No obstante, un reciente estudio del profesor J. P. Cusumano y del doctor N. K. Hecht de la Universidad de Pensilvania ha demostrado que el estado final de la moneda sólo puede predecirse si la moneda se lanza con tan poco fuerza que apenas ascienda lo suficiente como para dar una vuelta completa.

Esto ocurre porque el movimiento de la moneda se vuelve caótico: es decir, si se producen errores ínfimos en la descripción del estado inicial de la moneda, éstos crecerán a una velocidad tal que daría al traste con cualquier esperanza de predicción sobre cómo caerá.

O dicho de otro modo: en un lanzamiento normal, el movimiento de la moneda será aleatorio y, por tanto, impredecible.

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Viva la serendipia (X): el perro alérgico y la X marca el lugar

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EL PERRO ALÉRGICO

Neptuno fue un perro que murió por la ciencia. Y es que a principios del siglo XX, el doctor Charles Richet, catedrático de fisiología de la Universidad de París, estaba investigando con el veneno de los tentáculos de la actinia, una anémona marina común en las costas rocosas del litoral europeo.

Ya os podéis imaginar el resto de la historia. Richet inyectó un poco de veneno a Neptuno, a fin de determinar la dosis letal. Inyectó más tarde una dosis mucho menor, el equivalente a la décima parte de la dosis letal, pero Neptuno cayó fulminado, como si hubiera recibido una dosis letal.

La primera inyección había hecho a Neptuno más sensible al veneno, incluso a dosis no letales.

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Viva la serendipia (IX): dándole una mano de pintura al mundo y palomas Big Bang

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NDOLE UNA MANO DE PINTURA AL MUNDO

Durante sus vacaciones de Semana Santa, el joven William Henry Perkin (1838-1907), de 18 años de edad, no sabía dónde se metía cuando decidió fabricar quinina artificial en su laboratorio casero. La quinina era el único fármaco contra la malaria, así que la aspiración del joven Perkin era salvar vidas, algo muy loable.

Lo que ignoraba es que acabaría dándoles pábulo a los diseñadores de moda.

No es que Perkin fuera como Versacce o Gucci sino que no daba ni una cuando intentaba dar con la quinina artificial. Probó varios materiales para fabricarla, pero no había manera. Su último intento fue con la anilina, que la usó como material de partida.

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Viva la serendipia (VIII): orina artificial y la bicicleta mágica del reino de Oz

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ORINA ARTIFICIAL

¿Sabéis cuál fue la primera sustancia natural que se logró sintetizar? Fue la urea, el principal producto terminal del metabolismo de proteínas en el hombre y en los demás mamíferos. Y, por supuesto, surgió por pura casualidad.

En su laboratorio en Berlín, en 1828, el químico alemán Friederich Wöhler pretendía sintetizar cianato de amonio puro a partir de dos sales inorgánicas, el sulfato amónico y el cianato potásico.

Al evaporar la solución, sin embargo, aparecieron unos cristales blancos idénticos a la urea que en tantas ocasiones había aislado de la orina humana y canina.

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Viva la serendipia (VII): pa-ta-ta… o mer-cu-rio y blasfemando en la iglesia

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PA-TA-TA… O MER-CU-RIO

Es lo que deberíamos decir cada vez que nos echan una fotografía. En vez de pronunciar histriónicamente la palabra patata, deberíamos decir mercurio.

Y es que Louis Jacques Mandé Daguerre (1789-1851) buscaba una manera más nítida de hacer fotografías. Para ello trabajó durante años en un sistema para lograr que la luz incidiera sobre una suspensión de sales de plata, de manera que la oscureciera selectivamente y produjera un duplicado de alguna escena.

Aunque probó muchos métodos, no dio con ninguno. Hasta que un día guardó una de las placas en un armario. La placa sólo mostraba una imagen débil, así que podría darle otro uso más. Pero cual fue su sorpresa cuando fue a coger de nuevo la placa.

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Viva la serendipia (VI): la mosca matemática y la mosca del pipí dulce

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LA MOSCA MATEMÁTICA

La mosca es un animal que apenas llamaría la atención de cualquiera de nosotros (salvo si nos lee algún entomólogo). Como máximo agarraríamos el insecticida y, fliss, acabaríamos con su vida sólo para evitarnos el cansino zumbido. Pero no fue así para Descartes.

Descartes le daba tanto al coco que hasta la entrada de una simple mosca en su habitación le fue suficiente para hacer avanzar las matemáticas. Descartes era de los que se pasaba muchas horas tumbado en la cama, porque prefería ejercitar la mente a los músculos. Entonces oyó un zumbido.

Localizó a la mosca con la vista. Y llegó a una conclusión. Que era posible determinar en cada instante la posición del insecto. Allí, allá, acullá. Para ello bastaba con conocer su distancia con respecto a dos superficies perpendiculares: la pared y el suelo.

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Viva la serendipia (V): la cocina del infierno y oxígeno divino

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LA COCINA DEL INFIERNO

La cocina puede ser un lugar muy peligroso si en ella entra un hombre que jamás han cocinado en su vida. Porque entonces la cocina puede convertirse en un infierno. O en un experimento gastronómico con muy mal sabor. O en el lugar donde fabricar la primera bomba.

Es lo que pasaba con Christian F. Schönbein trabajaba en el mundo textil y era un patoso en la cocina, de manera que su mujer le tenía terminantemente prohibido que la pisara. Pero un día, aprovechando la ausencia de la mujer, Schönbein se coló en la cocina.

¿Lo hizo para hacerse una tortilla de dos huevos? No, eso es para mariquitas. Lo que hizo fue experimentar con una mezcla de ácido sulfúrico y nítrico (con razón la mujer se ponía de los nervios si su marido se acercaba a las sartenes).

En sus tejemanejes, Schönbein derramó accidentalmente un poco de ácido. “Ay, la bronca que me espera”, supongo que pensó, así que rápidamente cogió lo primero que tenía a mano para limpiarlo: ¡el delantal de su mujer! Con la mala baba que tienen las alemanas…

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Viva la serendipia (IV): el sueño alucinante y los vapores morados

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EL SUEÑO ALUCINANTE

Cualquiera que haya soñado lo que soñó Friederich August Kekulé hubiera pensado una de estas cosas: estoy como una regadera / no debería haber abusado del ácido lisérgico.

Sin embargo, Kekulé (1829-1896) era un químico alemán que llevaba ya varios años de su vida intentando determinar la estructura atómica del benceno. Y tanto darle vueltas a la cabeza pasó lo inevitable, que empezó a soñar con su trabajo, como muchos escritores acaban resolviendo el final de sus novelas o algún callejón sin salida del argumento mientras están entre los brazos de Morfeo.

En 1865, mientras viajaba en un carruaje, Kekulé se durmió y empezó a soñar lo siguiente: un átomo de carbono girando en una danza, y de pronto, el extremo final de una cadena abrazándose con el extremo inicial y formando un anillo giratorio.

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