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A menudo se acusa a la ciencia (o mejor dicho, a los científicos, esos mad doctors de batas blancas y pelos electrificados) de que antepone sus investigaciones a la moral. Que, en definitiva, su fin principal es el conocimiento o el adelanto tecnológico, no la felicidad de las personas.
Esto tiene una parte de verdad. La otra parte es que, en ocasiones, tampoco podemos dictaminar que un avance científico vaya a ser intrínsecamente malo, o intrínsecamente bueno. O quién sabe.
Esto no sólo ocurre en la ciencia, también sucede en otras disciplinas, como la economía: ambas materias afectan directamente a conjuntos demasiado complejos.
Por ejemplo, en EEUU, una ley para proteger especies en peligro de extinción puede tener buenos propósitos y, sin embargo, resultar fatal. Cuando un terrateniente temía que a un animal en peligro de extinción pudiera resultarle atractiva su propiedad, para ahorrarse problemas, optaba por talar los árboles de la propiedad para hacerla menos atractiva para dichos animales, por ejemplo.
A la larga, pues, la ley está poniendo en peligro a las especies, en lugar de protegerlas, sobre todo en el caso del búho pigmeo de los cactos ferruginosos y el pájaro carpintero de cresta roja.
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