Para poder votar este post tienes que identificarte o registrarte aquí.
Para votar este post conéctate con Facebook
Connect
Dicen que enloqueceríamos si fuésemos capaces de saber qué piensan los demás sobre nosotros, sin embargo empleamos gran parte de la energía de nuestro cerebro en averiguarlo. De hecho, este interés por leer mentes ajenas (mind reading), además de ser un rasgo de personas de gran inteligencia social, es lo que originó el desbocado crecimiento de nuestro cerebro desde los primeros homínidos hasta el homo sapiens.
Nos hemos vuelto inteligentes porque queremos sondear las mentes de los demás a fin de adelantarnos a sus acciones o evaluar sus decisiones. Nos hemos vuelto más inteligentes porque queremos evitar a toda costa que los demás se metan en el espacio privado de nuestra mente.
Por esa razón, los seres humanos somos telépatas innatos, capaces de registrar inconscientemente gestos faciales, movimientos de los ojos, el lenguaje del cuerpo, para crear todo suerte de hipótesis y conjeturas sobre lo que estará pensando verdaderamente nuestro interlocutor.
Lo hacemos de forma tan natural que nos cuesta aceptar que sea una destreza especial. Pero lo es en cuanto nos comparamos con los autistas (incapaces de leer las mentes ajenas) u otros mamíferos. Y todavía lo es más cuando averiguamos que esta capacidad ya se da en niños de cuatro años (en los de tres, todavía no).
Leer más