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¿Creer en Dios es como creer en Santa Claus? La incapacidad de comprender analogías

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Una de las cosas que más me agotan cuando estoy discutiendo con alguien es que, frente a una de mis analogías (reconozco que las empleo con frecuencia: es mi manera de explicarme mejor), mi interlocutor la desdeñe con la frase: “No es lo mismo.”

Esto sucede con frecuencia porque la gente (yo incluido) tiene dificultades para comprender la esencia de las analogías, sobre todo en el fragor de una discusión. La gente interpreta una analogía o una comparación como un paralelismo exacto y preciso. Es decir, si esto lo comparas con aquello, ambos conceptos deben parecerse mucho, o incluso ser clones, o estás haciendo trampas.

Sin embargo, el sentido de una analogía normalmente es reflejar una única faceta del paralelismo, la faceta esencial para la discusión. La mejor forma de entender este matiz es la analogía de que creer en Dios es como creer en Santa Claus.

Es una analogía que emplea Richard Dawkins en su libro El espejismo de Dios. Aunque él no es el primero que ha comparado la creencia en Dios con la creencia en Santa Claus, el Ratoncito Pérez o el Monstruo del Espagueti Volador. Esta analogía es interpretada por los creyentes y por quienes simpatizan con los creyentes como una analogía ofensiva.

Ello sucede porque no se capta lo esencial de la analogía, probablemente por la ofuscación que provoca que te comparen con un niño que cree en fantasías infantiles. Tanto es así que incluso el intelectual y teólogo Alister McGrath, en su libro The Dawkins Delusión? (¿El espejismo de Dawkins?), una obra que critica la visión ateísta de Dawkins y su falta de diplomacia, contiene el siguiente fragmento:

Dawkins compara con frecuencia la creencia en Dios con una creencia infantil en Santa Claus o el Ratoncito Pérez, diciendo que es algo que todos deberíamos superar. Pero la analogía es imperfecta. ¿Cuánta gente conocen que empezase a creer de adulta en Santa Claus?

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La imposibilidad de imaginar números grandes o cosas grandes

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Nuestro cerebro no está diseñado para imaginar números demasiado grandes, ni tampoco espacios u objetos de dimensiones gigantescas (o liliputienses), porque simplemente nuestros antepasados nunca tuvieron que preocuparse de cosas así. Bastaba con poder contar a los miembros del clan o del clan enemigo, por ejemplo.

Pero no tuvieron que enfrentarse nunca al tamaño del universo, o al número inabarcable de estrellas.

De modo que el único atajo que tenemos para enfrentarnos a conceptos semejantes es el uso de analogías que nos permitan establecer formas de visualizar las cosas de un modo diferente a la experiencia habitual.

Siempre digo, por ejemplo, que empecé a asimilar mínimamente el tamaño descomunal del Universo cuando leí la novela de ciencia ficción Tau Cero, de Poul Anderson, en la que se narra de forma convincente los efectos de la dilatación temporal einsteniana en una misión interestelar en la que se cruzan, cada vez a mayor velocidad, sistemas solares, galaxias y hasta cúmulos globulares.

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