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¿El amor es para siempre? A veces (muy pocas veces), sí

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love_fire.jpgA pesar de lo que prodiguen los poetas, el amor no es para siempre. Al menos el amor químicamente puro, si se me permite la licencia. Otra cosa es que, tras caducar el amor neuroquímico, una pareja continúe unida y feliz, aunque no necesariamente bajo el manto del amor sino de muchos otros sentimientos similares. El cariño, la camaradería, la complicidad y otros.

Bueno, esto es siempre si obviamos a los mutantes. Porque hay mutantes que sí se pueden enamorar para siempre.

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[Libros que nos inspiran] 'El viaje al amor', de Eduardo Punset

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Eduardo Punset quizá no es un divulgador sobresaliente en lo temático. Pero hay que reconocerle que, con sus claros y sombras, ha sido uno de los personajes más importantes para impulsar la divulgación y la popularización de la ciencia.

Si de pequeño, mi referente español para empezar a fascinarme por la ciencia fue Manuel Toharia (aún recuerdo con cariño esos debates televisivos en los que dejaba sin argumentos a los pseudocientíficos con su histrionismo), supongo que Punset habrá sido lo mismo para otros tantos niños y adolescentes.

A raíz de su éxito como presentador de Redes, Punset también empezó a escribir libros de divulgación científica. Al principio no llamaron demasiado mi atención: no eran más que recopilaciones de entrevistas u opiniones recogidas en su programa de televisión. Con el tiempo, sin embargo, Eduardo Punset ha ido formando un estilo propio de narrar lo que cientos y cientos de colegas y amigos científicos le han ido explicando. En algunos casos, incluso superando al original.

Es el caso de El viaje al amor. Un libro que no desvelará nada sustancialmente nuevo a los que ya estén versados en los últimos descubrimientos acerca del sentimiento más universal del hombre. No obstante, Punset lo explica todo de una forma tan particular, un tanto poética, incluso un tanto críptica, pero sin pedanterías ni soberbias, siempre desde el punto de vista de un hombre humilde y abrumado por el conocimiento, que leer lo ya sabido se hace tan ameno como si en realidad no se supiera.

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Tener un hijo es como zamparse una chocolatina

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La reproducción humana es probablemente una de las necesidades biológicas más poderosas que existen: si no sintiéramos el impulso de reproducirnos, poco habría durado nuestra especie sobre la Tierra.

De modo que todos nosotros somos duchos a la hora de buscar pretextos para tener descendencia: porque es bonito, para afianzar nuestra relación con nuestra pareja, para darle sentido a la vida, para dejar una huella de nuestro paso por el mundo… y, por encima de todo, porque nos hace felices.

El problema es que nuestro cerebro no es muy hábil a la hora de calibrar cuán feliz nos hará una actividad. Por muy hedonistas que seamos, nos cuesta horrores determinar qué nos hará felices en el futuro.

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Para ligar, múdate a la mejor zona de la ciudad

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Internet ha resultado ser una herramienta excelente para estudiar cómo se emparejan románticamente las personas. Como ya os comenté en un artículo anterior, las mujeres sienten preferencia por los hombres con recursos económicos y los hombres por las mujeres hermosas y jóvenes.

Una tendencia que por supuesto también refleja Internet y los portales dedicados al ligoteo.

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El amor empezó con la micción

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Cuando pensamos en el amor, suelen venirnos a la cabeza los poemas, el corazón encabritado, las mariposas en el estómago… pero nadie piensa en orinar cuando se plantea su enamoramiento.

Sin embargo, la micción y el amor tienen más puntos en común de lo que creemos.

La oxitocina es una hormona implicada fuertemente en el enamoramiento. Pero este proceso se trabó hace mucho tiempo, concretamente 400 millones de años, cuando nuestros antepasados salieron por primera vez del agua.

Estaban provistos de una pequeña hormona llamada vasotocina, una proteína en miniatura compuesta de una cadena en forma de anillo de sólo nueve aminoácidos. Su función era regular el equilibro de sal y agua en el cuerpo y realizaba su tarea yendo de un lado a otro activando las células del riñón u otros órganos. (…) En los descendientes de los reptiles (y eso incluye a los seres humanos) existen dos copias ligeramente distintas del gen pertinente, una al lado de la otra, orientadas en direcciones distintas (en los seres humanos se encuentran en el cromosoma 20). El resultado hoy día es que todos los mamíferos tienen dos de tales hormonas, llamadas vasopresina y oxitocina, que difieren en dos de los eslabones de la cadena.

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La madre de alambre de Harlow: cuando el cariño es más importante que el sustento

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Dicen que no hay nadie como una madre. Para algunos animales, esta sentencia adquiere tanta fuerza que poco importa que la madre sea un simple trozo de alambre con forma vagamente maternal.

Pero el psicólogo Harry Harlow fue mucho más allá: en el fondo lo que importa es que nos den cariño, así que se preferirá a una madre blandita y agradable a un trozo de alambre, aunque el trozo de alambre dispense mayor cantidad de alimentación.

O dicho con otras palabras: el amor maternal es una emoción que no precisa ser alimentada con un biberón o con una cuchara. El amor está por encima de las cosas materiales.

Para demostrar esto, Harlow persuadió a Robert Zimmerman para realizar un experimento con monos. Colocaron 8 crías de mono en jaulas separadas y en cada una de ellas había un modelo de madre hecho de tela y otro hecho de alambres.

Las manos de alambre tenían un dispositivo por el que se podía beber lecho. Las de tela, no. Lo lógico es pensar que los monos optaron por las madres de alambre: vale, son de alambre, pero dan más comida que las de tela. Sin embargo, los monos preferían a las de tela.

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Sondeo del Sexo en Chicago: cómo conseguimos pareja gracias a los amigos

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La forma en que encontramos pareja los seres humanos (al menos estadounidenses) fue exhaustivamente analizada en el Sondeo Nacional de Salud y Vida Social (también conocido como el Sondeo del Sexo en Chicago).

El estudio analizó una muestra de 3.422 personas de entre 18 y 59 años en 1992. Y contiene información precisa sobre la elección de pareja, las prácticas sexuales, los rasgos psicológicos, las medidas sanitarias y un largo etcétera. Sin duda constituye, pues, una de las descripciones más precisas y completas de la conducta amorosa y sexual de los estadounidenses.

Algo que también refleja este estudio es un dato que no aparece en casi ningún otro estudio sobre el tema: la forma en que los individuos escogieron a sus parejas sexuales.

En ese sentido, observando el estudio podemos descubrir que alrededor del 68 % de las personas del estudio conocieron a sus cónyuges después de que los presentara alguien a quien conocían. Sólo el 32 % se conocía por vía de la autopresentación. Incluso en las relaciones sexuales cortas, incluso de una sola noche, el 53 % de las parejas las presentó otra persona.

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Cuanto menos realista sea la idea de tu pareja, mejor será tu matrimonio

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Acostumbramos a pensar que la salud psíquica y social está asociada a un buen conocimiento de uno mismo y, también, a un buen conocimiento del otro. Ahí están esos gurús de saldo que a menudo se retiran espiritualmente a fin de conocer mejor los entresijos de su alma. O las terapias de pareja, que a menudo impulsan el abrirse al otro. Cuanto más, mejor.

Pero parece ser que ello no contribuye en absoluto en una relación sana con los demás o con nosotros mismos. Al contrario.

Como destaca el psicólogo Joshua Klayman, las personas adulamos nuestras preconcepciones buscando con lupa aquello que las corrobore y procurando descartar los datos que las contradigan, a veces hasta el punto de tratar de negarlos. Y eso no es malo, sino síntoma de que el cerebro funciona bien. Sólo las personas enfermas son incapaces de autoengañarse de esta manera tan efectiva. Porque el cerebro no busca la verdad, busca sobrevivir.

En ese sentido, las relaciones de pareja deben fundarse en la mentira. Al menos hasta cierto punto. O las cosas pueden ser realmente complicadas.

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¿Las citas a ciegas son realmente ciegas?

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Todos buscamos, en mayor o menor medida a nuestra media naranja. Unos creen haberla encontrado, aunque luego resulta que no es así. Otros se pasan la vida buscándola infructuosamente. Sin embargo, lo que arrojan diversos experimentos sobre este tema es que la gente no busca en realidad medias naranjas, sino medio pomelo, media manzana o lo que toque, según las circunstancias.

O dicho de otro modo: el amor no es tan idealista como creemos, ni siquiera entre las personas que se consideran idealistas. El amor tiene mucho más de cálculo de lo que sospechamos. Los románticos no dejan de ser fríos y calculadores, aunque en el fondo no se den cuenta de ello.

Uno de los estudios que más información nos ha aportado en ese sentido es el que se refiere a las citas a ciegas rápidas realizado por los economistas Michéle Belot y Marco Francesconi.

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A vueltas con San Valentín: algunos fundamentos biológicos sobre el enamoramiento

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Tras la resaca de San Valentín, las flechas de Cupido y los regalos de los grandes almacenes (a todos nos gustan los regalos, sobre todo a los grandes almacenes), vale la pena puntualizar algunas cosas sobre el amor desde un punto de vista biológico. Me perdonarán los poetas.

Se dice que el amor es una droga. O que el chocolate es el sustituto del amor. Estas creencias populares tienen mayor base científica de lo que pensamos. En efecto, el enamoramiento (que no el amor) puede ser adictivo como una droga; y el chocolate es bueno para el paladar, pero también puede picar los dientes.

El amor una suma de complejas interacciones biológicas y culturales, una mezcolanza indisociable de compañía, compromiso, consideración, comunicación, consenso en valores, aficiones compartidas, reciprocidad y otras. También deseo y emoción, por supuesto.

Sin embargo, no debe confundirse amor con enamoramiento, o flechazo. El enamoramiento es una coctelera neuroquímica que, aunque placentera, puede llegar a a picar los dientes, o a nublar nuestro juicio, o incluso a hundir un matrimonio.

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