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Dejando a un lado las colisiones entre ellas (tratadas en el anterior capítulo), las partículas de un gas se mueven libremente hasta llegar a las paredes del recipiente que lo contiene. Por eso solemos decir que los gases se expanden hasta ocupar todo el espacio disponible.
En este contexto, con «pared del recipiente» quiero decir cualquier objeto sólido. Por ejemplo, mi misma piel es una pared para las moléculas que forman el aire.
Ahora, dejadme que abra un paréntesis. ¿Y qué pasa si el recipiente no tiene paredes (o sea, no hay recipiente)? Por ejemplo, la Tierra no tiene techo, no hay una pared superior. Según lo que hemos dicho, los gases de la atmósfera deberían expandirse hasta ocupar todo el universo. Si no lo hacen es porque los retiene la fuerza de gravedad terrestre. Pero si las moléculas del aire fueran más rápidas (es decir, la temperatura fuera mayor), podrían escaparse de la atracción gravitatoria y nos quedaríamos con una atmósfera muy tenue (como la Luna, por ejemplo, que tiene una gravedad mucho más débil y por tanto se puede escapar a menor temperatura).
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