Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos sobre los accidentes que producen las escaleras en todo el mundo, el problema reside en el diseño de las mismas.
Sí, es cierto que hay un componente epidemiológico de índole psicológica, motora y hasta cultural (por ejemplo, en Japón hay más accidentes de este tipo en oficinas o centros comerciales que en EEUU porque allí se usan antes que las escaleras que los ascensores y las escaleras mecánicas). También puede haber una falta de atención por nuestra parte, que desarrollaremos más adelante. Pero el diseño de la escalera es fundamental, no solo en el hecho de que nos caigamos o no sino de cómo lo haremos y los golpes que nos daremos antes de detenernos.
Además de una mala iluminación, la ausencia de barandillas, de peldaños demasiado anchos (o estrechos) y descansillos que interrumpen el ritmo del ascenso o el descenso, hay tres características que influyen decisivamente en cómo nos enfrentaremos a una escalera: la contrahuella, la huella y la pendiente.

Hay mucha gente que le tiene fobia a volar, pero casi nadie le tiene miedo a su bañera. Las tormentas nos aterrorizan, pero no ocurre así con los huesos de pollo. Y siempre decimos a nuestros hijos que tengan cuidado al salir a la calle, pero en casa disponemos de grandes generadores de accidentes (y muertes): las bañeras, los huesos de pollo y, por supuesto, las maléficas escaleras. Quizás la parte de la casa, ésta última, que más accidentes provoca de toda la casa (si nuestra casa dispone de escaleras, claro). 
Algunos lugares que se han ganado a pulso su rótulo de malditos son carreteras o segmentos de carreteras que parecen imantar los accidentes. Es el que caso de los puntos negros o los Tramos de Concentración de Accidentes. Bien, en realidad, según la Dirección General de Carreteras del Ministerio de Fomento, no son lo mismo.
Los hospitales parecen lugares poco propicios para las supersticiones. Pero no es así. Los médicos son un colectivo fuertemente supersticioso, como lo demuestra un estudio acerca de los supuestos efectos sobre el comportamiento atribuidos a la luna llena.
Vivimos en una época de profilaxis excesiva, de paranoia al riesgo, de sobreprotección rayana en lo patológico, olvidándonos de que estar vivo no sólo es continuar respirando (como dice en anuncio). Pero, en ocasiones, los accidentes sencillamente son inevitables: las muertes, las mutilaciones, los embates de la vida suceden, y ello forma parte de la vida.
En el Centro Médico de Stanford se llevan a cabo unas reuniones periódicas del tipo Alcohólicos Anónimos, pero de ribetes mucho más macabros. Algunos van en sillas de ruedas, otros se ayudan de apoyos protésicos o aparatos ortopédicos, los hay que llevan cascos de protección. Por encima de todo, entre la música y los canapés, los abrazos y las charlas, este grupo de unas 200 personas está allí para recordarse a sí mismos que todavía siguen vivos.
Como sospecho que los dos temas más controvertidos de esta serie de artículos son los del terrorismo y la violencia de género (no sólo porque sean temas importantes sino, sobre todo, porque son temas por los cuales hay una sensibilidad artificialmente aumentada y un sesgo políticamente correcto muy fuerte), me he tomado la libertad de añadir aquí las réplicas de una lectora que tuvo la oportunidad de leer fragmentos de estos artículos antes de que se publicasen.
Finlandia y Noruega no se caracterizan por ser especialmente machistas (al contrario de España). Así pues ¿qué está pasando? ¿Por qué mueren más mujeres por parte de sus parejas? Una posible respuesta tal vez sea que el contexto conyugal se cultiva más en países nórdicos, donde se hace mucha más vida hogareña debido a las condiciones climáticas adversas, al contrario que España.
Hasta que no se establezca un mecanismo de control informativo que permita que cale en la gente que es mucho más probable que a un estadounidense lo mate el virus de la gripe, una apendicitis o la propia Policía a que fallezca de un ataque de Al Qaeda, políticos como Bush podrán seguir alarmando a los votantes para erigirse como máximo salvador, obviando, quizá, otras necesidades más perentorias.