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Todos somos zombis

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Imagino que la única forma de entender la psicología zombi sería comerse el cerebro infiltrado de anhelo de carne y sangre de un zombi. Pero, irónicamente, esta capacidad de entender a los demás vía estomacal sólo se da entre los zombis, de modo que todos vosotros estáis incapacitados para alcanzar a entender el sentido profundo de los pensamientos de un zombi, si los hubiere. También hay otro motivo para esta incapacidad: los zombis no existen.

Bien, lo que sí podríamos conceder que los zombis existen en el plano metafórico: gente de cerebro podrido que está incapacitada para cambiar de opinión, asumir nuevas ideas, destruir viejas tradiciones. Existen los zombis en el sentido de que existen personas vivas biológicamente pero muertas mental y moralmente. En mayor o menor medida, todos somos zombis.

Zombis biológicos

Los zombis cinematográficos no son las verdaderas criaturas del horror. El verdadero horror es la propia naturaleza, capaz de concebir enfermedades terribles que nos recuerdan al padecimiento zombi. Como un trastorno mental llamado síndrome de Cotard o síndrome zombi. Quienes la padecen, en efecto, se sienten como zombis, experimentan que su alma les ha abandonado o que su cuerpo está degradándose, descomponiéndose, o incluso que ya han fallecido.

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La enfermedad fue descrita por primera vez por el neurólogo Jules Cotard en 1880. En palabras del popular neurólogo Vilayanur S. Ramachandran:

es una enfermedad en la que un paciente afirma que está muerto, clamando que huele a carne podrida o que tiene gusanos deslizándose sobre su piel.

Algunos aquejados por este síndrome también pueden presentar comportamientos suicidas: al creer que ya murieron, ya nada les importa, se consideran “inmortales”. Como muertos andandes. En el mundo de los insectos también se produce una suerte de zombificación, tal y como relata el divulgador José Ramón Alonso en su libro La nariz de Charles Darwin:

La avispa esmeralda, Ampulex compressa, inyecta un veneno en el sistema nervioso de las cucarachas; después guía al insecto (drogado por la neurotoxina) a su madriguera, donde planta sus huevos en el abdomen de la infortunada víctima. La inyección del tóxico hace que la cucaracha no se mueva (hipocinesia) y cambie su metabolismo para almacenar más nutrientes. Todo ello, para que cuando las larvas de la avispa nazcan tengan comida y devoren a la cucaracha que, por cierto, se mantiene viva durante todo el proceso.

Cerebro zombi

Pero todos estos zombis, insectos o humanos, incluso los zombis de ficción, ranqueantes y sangrientos, no dan tanto miedo como los zombis figurados que os señalaba al principio. Los zombis de mente. Y lo peor es que todos nosotros somos zombis de esta clase en algún instante de nuestras vidas.

Porque, aunque creamos que nuestra vida se basa en una serie de decisiones personales reflexionadas y ponderadas, nuestro cerebro acostumbra a ir un poco a su aire, también a la hora de sacar conclusiones rápidas, a creer de oídas, a admitir a líderes, a tropezar con sesgos cognitivos, y toda una lista de errores de diseño de nuestro cerebro troglodita. O de zombi.

Así que cuidado con los zombis, los de verdad: al mínimo indicio, huid de ellos. Y también de vosotros mismos.

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