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No quiero ser mejor que todo el mundo sino mejor que tú

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Numerosos experimentos sugieren que no valoramos tanto nuestras circunstancias o perspectivas económicas (o de otro tipo) de una manera absoluta, sino comparándonos con quienes nos rodean (es decir, con nuestros pares, con quienes competimos sexualmente de forma directa).

Uno de los más citados fue el llevado a cabo por Armin Falk y sus colaboradores de la Universidad de Bonn, que escogieron a 19 parejas de sujetos, cuya actividad cerebral se observaba simultáneamente con dos escáneres cerebrales adyacentes, tal y como explica el neurólogo David J. Linden en su libro La brújula del placer:

Cada sujeto llevaba a cabo una tarea de percepción simple: en una pantalla de vídeo aparecía un campo de puntos durante 1,5 segundos e, inmediatamente después, aparecía un número (por ejemplo, “24”). El sujeto tenía que pulsar rápidamente un botón para elegir si la cantidad de puntos había sido mayor o menor que el número. Tras una breve pausa, la pantalla comunicaba al sujeto su propio rendimiento y el del otro sujeto junto con las respectivas recompensas económicas (por ejemplo, “él: 60 euros; usted: 120 euros”). Los sujetos sólo recibían dinero si acertaban: si fallaban los dos, no cobraban nada. Si sólo acertaba uno, el que acertaba recibía 30 o 60 euros y el otro, nada. Sin embargo, cuando acertaban los dos (cerca del 66 % de las veces), el ordenador asignaba al azar unas recompensas que podían ir de 30 a 120 euros.

El experimento sugiere que los centros de recompensa del cerebro de los participantes, el núcleo accumbens, se activaban con mayor intensidad en las pruebas donde hubo una diferencia significativa entre la recompensa de un sujeto y la del otro.

La gente, pues, no consume tanto para sí mismo como para superar el consumo de sus pares (que no los personajes de los medios de comunicación u otros). Algo que explico más extensamente en el artículo ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes?

Gastar dinero de forma competitiva parece formar parte de nuestra biología y probablemente resulta una tendencia inevitable. Pero, puestos a gastar dinero, os recomiendo que lo gastéis más en experiencias que en objetos. Las experiencias, pasado el tiempo, cada vez adquieren más matices positivos (tendemos a olvidar las cosas malas y reforzar las buenas). Un viaje, por ejemplo, cada vez que lo evoquemos, nos producirá felicidad.

Pero no ocurre lo mismo con los objetos, que el tiempo no hace más que quitarles lustre, tal y como explica Richard Wiseman en su reciente libro ¿Esto es paranormal?:

Todo se debe a un fenómeno conocido como “habituación sensorial”. Exponga a alguien a un sonido, imagen u olor constantes y ocurrirá algo muy peculiar. Se irá habituando lenta y progresivamente a él, hasta que al final acabe por desaparecer de su consciencia. Por ejemplo, si entra en una habitación que huele a café recién molido, enseguida detecta el agradable aroma. No obstante, quédese en la habitación durante unos minutos y tendrá la sensación de que el olor a café desaparece. De hecho, la única forma de reactivar sus sentidos será salir de la habitación y regresar al cabo de cierto tiempo. (…) Este mismo concepto puede explicar la denominada “rutina hedonista”, consistente en que la gente se habitúa deprisa a su nueva casa y su nuevo coche, y siente la necesidad de comprarse una casa todavía más grande y un coche todavía mejor.

@SergioParra_

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