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Ese objeto peligrosísimo que es una escalera (y II): el problema está en el diseño

Ese objeto peligrosísimo que es una escalera (y II): el problema está en el diseño
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Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos sobre los accidentes que producen las escaleras en todo el mundo, el problema reside en el diseño de las mismas.

Sí, es cierto que hay un componente epidemiológico de índole psicológica, motora y hasta cultural (por ejemplo, en Japón hay más accidentes de este tipo en oficinas o centros comerciales que en EEUU porque allí se usan antes que las escaleras que los ascensores y las escaleras mecánicas). También puede haber una falta de atención por nuestra parte, que desarrollaremos más adelante. Pero el diseño de la escalera es fundamental, no solo en el hecho de que nos caigamos o no sino de cómo lo haremos y los golpes que nos daremos antes de detenernos.

Además de una mala iluminación, la ausencia de barandillas, de peldaños demasiado anchos (o estrechos) y descansillos que interrumpen el ritmo del ascenso o el descenso, hay tres características que influyen decisivamente en cómo nos enfrentaremos a una escalera: la contrahuella, la huella y la pendiente.

Contrahuella: altura entre peldaños

Huella: peldaño en sí (técnicamente, la distancia entre los bordes, o mamperlanes, de dos peldaños sucesivos medida horizontalmente).

Pendiente: la inclinación total de la escalera.

Tal y como sigue Bill Bryson en su libro En casa:

El ser humano tiene una tolerancia a las pendientes bastante limitada. Cualquier cosa superior a 45 grados resulta incómodamente costosa de subir, cualquier cosa inferior a 27 grados es tediosamente lenta. Resulta muy duro subir escalones que no tienen mucha pendiente, y todo ello se debe a que nuestra zona de confort es muy pequeña. Un problema inevitable de las escaleras es que tienen que transmitir seguridad en ambas direcciones, por mucho que los mecanismos de la locomoción exijan posturas distintas en cada dirección. (…) En un mundo perfecto, las escaleras cambiarían ligeramente de forma dependiendo de si el usuario subiera o bajara por ellas. Pero en la práctica, podríamos decir que cualquier escalera es un término medio.

Los dos momentos más críticos a la hora de bajar una escalera es el principio y el final del recorrido. Bajar una escalera es casi como caer controladamente, algo que queda de manifiesto si observamos una caída a cámara lenta. Lo que hace nuestro cerebro es distinguir cuándo debemos dejar de caer y controlar la situación. Sin embargo, nuestros reflejos precisan de al menos 190 milisegundos para ponerse en marcha, para que asimilemos que nos estamos dejando caer demasiado y nos prepararemos para un aterrizaje complicado. Pero al principio y al final de nuestro recorrido por la escalera es cuando estamos menos atentos. Si la escalera tiene pocos peldaños (4 o menos) entonces también es peligrosa porque nos inspira un exceso de confianza.

Así pues, bajar escaleras es infinitamente más peligroso que subirlas.

Frederick Law Olmsted ha sido el responsable de hallar una fórmula que garantice una escalera confortable y segura en ambas direcciones, tras nueve años midiendo huellas y contrahuellas. Junto a un matemático llamado Ernest Irving Freeze, elaboró dos ecuaciones, una para cuando la huella es fija, y la otra para cuando no lo es.

En la época actual, Templer sugiere que las contrahuellas deberían tener entre dieciséis y dieciocho centímetros, y que las contrahuellas nunca deberían ser inferiores a veintitrés centímetros, sino más bien tener unos veintiocho, aunque si miramos a nuestro alrededor observaremos que la variación es enorme. En general, y según la Encyclopaedia Britannica, en Estados Unidos los escalones suelen ser algo más altos, por unidad de peldaño, que los británicos, y los del resto de Europa más altos aún, pero no lo cuantifica.

Tenedlo en cuenta la próxima vez que os enfrentéis a una peligrosa escalera.

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