La diferencia entre un buen investigador y un mal investigador

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Como os adelantaba en el artículo sobre ciencia patológica, los críticos con las afirmaciones científicas suelen atacar a la ciencia y no a los científicos. Sin embargo, la ciencia dispone de unos protocolos difícilmente criticables: son más bien los científicos, las personas, los que pueden usarlos malévolamente.

El mejor ejemplo para discernir entre un buen científico o un mal científico (es decir, entre un investigador que emplea correctamente los protocolos de la ciencia y uno que no lo hace), es la historia de Röntgen.

Wilhelm Conrad Röntgen (1845 – 1923) fue un físico alemán, de la Universidad de Würzburg, que el 8 de noviembre de 1895 produjo radiación electromagnética en las longitudes de onda correspondiente a los actualmente llamados rayos X. Pero Röntgen intentó por todos los medios demostrar que estaba equivocado.

Un investigador de fenómenos pseudocientíficos raramente presentará sus indicios con esa modestia, teniendo en cuenta que está desafiando el conocimiento acumulado durante siglos: sencillamente afirmará que ha descubierto algo y que la ciencia ortodoxa es demasiado ciega para admitir que tiene razón.

Röntgen, sin embargo, no dejó de confiar en el método científico. Durante sus experimentos, Röntgen descubrió que podía ver a través de las cosas, como un superhéroe. Probó con objetos dentro de cajas de madera, y también pudo verlos. Pero el momento más escalofriante fue cuando pudo ver los huesos de su propia mano. Röntgen, sin embargo, no apareció inmediatamente después en los medios de comunicación para anunciar su descubrimiento. Lo que pensó inmediatamente es que estaba loco.

Lo relevante de Röntgen es que su actitud no violó ni un ápice el método científico: en vez de saltar a la conveniente conclusión de que había descubierto algo radicalmente nuevo, Röntgen pensó que estaba loco o que sencillamente había cometido algún error. De modo que no apareció en los medios de comunicación ni publicó un artículo desafiando el conocimiento de sus colegas: se encerró en su laboratorio durante siete semanas, tal y como explica Sam Kean en La cuchara menguante:

Mandó retirarse a sus ayudantes y tomó sus comidas a regañadientes, ingiriéndolas sin degustarlas, y gruñendo más que hablando a su familia. (…) Llegados a este punto, Röntgen salió de su laboratorio, macilento, e informó a sus colegas de toda Europa sobre los “rayos Röntgen”. Naturalmente, dudaron de él, igual que habían despreciado a Crookes y, años después, a otros científicos despreciarían el magalodón y la fusión fría. Pero Röntgen había sido paciencia y modesto, y cada vez que alguien objetaba algo le contestaba diciendo que ya había investigado esa posibilidad, hasta que al fin sus colegas quedaron satisfechos. (…) Los científicos pueden ser crueles con las ideas nuevas. Es fácil imaginárselos preguntando: “Pero, Wilhelm, ¿qué tipo de “rayos misteriosos” pueden atravesar invisibles un papel negro y revelar los huesos del cuerpo? ¡Bah!”. Pero cuando Wilhem respondió con pruebas sólidas, con experimentos repetibles, la mayoría despachó sus viejas ideas y se adhirió a las suyas.

Algo similar ocurrió, un poco más acá, cuando se creyó haber descubierto partículas viajando más rápido que la velocidad de la luz. Los investigadores del CERN responsables del hallazgo publicaron sus resultados para que todos los científicos del mundo pudieran analizarlos. Pero no lo hicieron para decir “eh, hemos descubierto que lo que creíamos cierto sobre la física es falso”, sino que pidieron ayuda para… descubrir en qué se estaban equivocando. Porque los fenómenos extraordinarios requieren de pruebas extraordinarias.

Una historia similar a ésta podéis leerla en Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó.

Estas edificantes historias sobre investigación científica deberían ser recordadas por quienes defienden a ultranza prácticas pseudocientíficas como la homeopatía o la acupuntura. Pues éstas son técnicas cuyos postulados violan leyes fundamentales de física, no tienen un cuerpo teórico sólido que las respalde, son ineficaces en la mayoría de ensayos clínicos, se basa en investigaciones antiguas o en tradiciones precientíficas, etc. Pero los defensores de tales prácticas aducen que la ciencia es cerrada, afirman alegremente que ellos han visto que funciona y, lo peor, las ponen en práctica en pacientes: “la ciencia ya determinará en un futuro que TENGO RAZÓN”, supongo que pensará, cautivos de la ciencia patológica.

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