El río más sucio del mundo

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En tiempos de concienciación ecológica vale la pena echar un vistazo a los ríos del mundo que concentran mayor contaminación.

El que nos queda más cerca quizá sea el río Támesis, en Londres. En el pasado, en sus aguas insalubres vivían cangrejos, aves salvajes y hasta focas, y en 1833 se pescó el último salmón para alimentar al rey.

Y a nivel microscópico, había criaturas más extrañas, como los virus y bacterias que provocaban gastroenteritis entre los remeros y regatistas de Kew y Barnes. Como decía Terry Pratchett en su saga de novelas de fantasía ambientada en Mundodisco a propósito del río Ankh (clara alusión al Támesis): “Es probablemente el único río del universo en el que los investigadores pueden dibujar con tiza el contorno de un cadáver”, aunque los ciudadanos seguían creyendo que el agua del río era increíblemente pura, pues cualquier agua que hubiera pasado por tantos riñones tenía que ser pura a la fuerza.

No hay que tenerle especial manía al Támesis, esto ocurría con los ríos de muchas grandes ciudades. Por ejemplo, el Sena, en París. En Encyclopédie, el triunfo de la razón en tiempos irracionales, Philipp Blom narra que el agua de la capital francesa era infame en la época de la Enciclopedia de Diderot y D´Alembert, y dado que las fuentes públicas escaseaban, la gente estaba obligada a recurrir al río: incluso bebiendo agua cenagosa, si el río estaba turbio algún día.

El escritor viajero Nemeitz en su Séjour de Paris decía del Sena:

Uno emplea el agua para casi todos los menesteres: beber, elaborar cerveza, guisar carne; y se cree que es muy saludable para los que están acostumbrados a ella. A los forasteros, sin embargo, habitualmente les produce diarrea, y a los franceses les gusta decir que eso es sólo el precio que han de pagar por la deuda que contraen con la ciudad. El agua a veces está clara, y otras tan turbia que parece limonada, hasta el punto de que los que son algo aprensivos no se muestran demasiado inclinados a beberla.

Aunque este río palidece si lo comparamos con el río que, en la actualidad, cruza la ciudad de Linfen (anteriormente conocida como Pingyang), en la provincia de Shanxi, China, una de las ciudades con mayor índice de contaminación del mundo.

En Linfen hay una niebla perpetua producida por la contaminación de los vehículos y las fábricas; una niebla denominada smog, que es un manto tóxico que sólo permite a los habitantes ver a unos metros delante de ellos.

En los árboles es frecuente encontrar copos de nieve negra (ceniza) que brotan de las chimeneas. Algunos estudios estiman que la contaminación es incluso mayor que la encontrada en Chernobyl: no importa que el reloj indique ya ha amanecido, es posible que la perpetua penumbra te obligue a encender las luces de casa.

La zona industrial de Linfen descarga todos sus desechos químicos y orgánicos en el río convirtiéndolo en una pasta densa imposible de usar para nada que no sea eliminar la vida humana: el simple contacto con la piel puede ser dañino.

Aunque el río más contaminado del mundo, si nos fijamos en el hecho de que podemos caminar sobre él como si estuviera congelado, es el Citarum, en Indonesia, que funciona como el vertedero público de 9 millones de personas y más de 500 fábricas, muchas de ellas dedicadas a la industria textil.

Lo sorprendente es que este río se usa para cocinar e incluso para beber, a pesar de que recuerda poderosamente a aquel vertedero espacial en el que terminan atrapados los protagonistas de la película La guerra de las galaxias. En el que es el mayor curso de agua al oeste de Java, los pescadores han cambiado de profesión: resulta más rentable recoger la basura para luego venderla.

Irónicamente, es la propia congestión de esta alfombra de deshechos la que provocará, según el pronóstico de los expertos, que la planta eléctrica del lago Saguling deje de funcionar correctamente, privando del suministro de energía a las fábricas que producen dicha contaminación. Como el pez (inexistente en Citarum) que se muerde la cola.

Vía | Encyclopédie, el triunfo de la razón en tiempos irracionales de Philipp Blom
Más información | La Reserva

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