‘¿Tenían ombligo Adán y Eva?’ de Martin Gardner: la falsedad de la seudociencia al descubierto

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Mucha gente suele decir: ésta es mi verdad. Mucha gente suele decir: yo creo en esto aunque todas las pruebas indiquen lo contrario. Mucha gente dice: creer en lo que no se puede ver o demostrar tiene mucho mérito y debe respetarse de forma indiscutible.

Pero creer sólo en tu verdad hará que te equivoques más veces que si te basas en la experiencia y acumulación de saberes colectivos, sometidos a continuo escrutinio. Por ejemplo, si usas sólo tu verdad para decidir cuántos litros de gasolina necesitas para volar a EEUU... es más probable que te estrelles. Y es que la gente acostumbra a dar más importancia a su experiencia o a la de sus allegados antes que a las demostraciones empíricas. Afortunadamente, el mundo ya no funciona así: el mundo es demasiado complicado y lleno de variables, y la percepción humana demasiado imprecisa, para postular teorías fundadas en experiencias personales.

El periodista científico Martin Gardner, en una serie de artículos recogidos en este es lo que intenta: ¿Tenían ombligo Adán y Eva? que la gente entienda todo esto. Porque, en la actualidad, casi la mitad de los adultos de Estados Unidos cree en la astrología, en ángeles y demonios, y en que estamos siendo observados por extraterrestres llegados en ovnis que abducen con frecuencia a seres humanos. Más de la mitad cree que la evolución es una teoría no demostrada.

Casi todos los artículos de esta recopilación son ataques contra casos extravagantes de seudociencia, procedentes, excepto uno, de la columna Notes of a Fringe Watcher (Comentarios de un observador marginal), que Gardner publicaba regularmente en la revista Skeptical Inquirer. Los cuales nos han inspirado para artículos como ¿Puede la ciencia dar respuestas a absolutamente todo? (I) (II) y (y III).

Entre los más interesantes, destaca el que expone que Sigmund Freud es un fraude casi en su totalidad: su modelo de la mente y su concepto de los sueños están en completa contradicción con la ciencia moderna. También cabe señalar el capítulo dedicado al desvarío universal respecto a los ovnis. O el de la insostenible homeopatía. O el de la faceta ultrarreligiosa (y poco conocida) de Newton.

O el dedicado a los posmodernos:

A los que consideran que la ciencia es como una mitología, y no una búsqueda cada vez más eficaz de la verdad objetiva, se los suele agrupar bajo el término genérico de “posmodemos”. Aquí se incluyen los deconstructivistas franceses, algunos marxistas trasnochados, y unas cuantas feministas airadas y afrocentristas que piensan que la historia de la ciencia ha sido gravemente distorsionada por el chauvinismo masculino y blanco. ¿Por qué los hombres estudiaron la dinámica de los sólidos antes de prestar atención a la dinámica de los fluidos? Cuesta creerlo, pero una feminista radical asegura que fue porque los órganos sexuales masculinos se ponen rígidos, mientras que los fluidos sugieren el flujo menstrual y las secreciones vaginales.

El punto flaco de la obra, sin embargo, es que muchos de los dardos que Gardner dispara están dirigidos hacia un enemigo demasiado obvio y facilón, el de la América profunda, fecunda en opiniones primarias, banderas confederadas y esas iglesias multitudinarias y pirotécnicas de Alburquerque, Baton Rouge, Tupeka o… Bon Temps. En suma, Gardner le toca las narices al inmovilista de toda la vida, al de “virgencita, que me quede como estoy”, al que nunca leerá a Gardner y mucho menos encajará sus críticas.

Editorial Debate, 2001
400 págs.
ISBN: 8483064553

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