A menudo, todos nosotros somos víctimas de argumentos de autoridad: defender algo como verdadero porque quien lo afirma tiene autoridad en la materia. Es quizá una de las falacias lógicas más comunes, y resulta muy difícil de diferenciar su buen uso (cuando depositamos nuestra confianza como legos en una materia en un experto, como por ejemplo un abogado) de su mal uso (cuando nuestro único argumento válido para defender algo estriba en lo que dice un experto).
Además, nuestro cerebro es muy permeable a la hora de adjudicar más o menos importancia a lo que diga alguien según su nivel de estudios o su CV. Es lo que se denomina efecto doctor Fox.
Para probar este poderoso efecto, en la década de 1970 Donald Naftulin y sus colegas de la Universidad del Sur de California presentaron una conferencia que carecía de sentido sobre la relación existente entre las matemáticas y el comportamiento humano, solicitando luego a un actor que presentara la conferencia en un congreso sobre temas pedagógicos. Finalmente, si pidió la opinión sobre la conferencia al público asistente, integrado por psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales.

Ya en Sumeria y Babiblonia se creía en las brujas. También en Grecia y el Antiguo Egipto, así como entre los celtas, siglos antes del cristianismo. En la época romana, por ejemplo, se aprobaron leyes que castigaban la brujería. Durante la Inquisición, cazar brujas era tan entretenido como cazar perdices. En Estados Unidos, todavía hoy se habla en clase de lo acaecido en Salem y la caza de brujas, en la que murieron muchas personas inocentes acusadas de llevar a cabo encantamientos y tener trato con demonios.
Ni cruzar los dedos, ni tampoco evitar pasar por debajo de una escalera. Tampoco buscar un trébol de cuatro hojas. Ni siquiera esquivar un gato negro. Para llamar a la buena suerte hay formas mucho más científicamente refrendadas.
Como os adelantaba en
¿Os acordáis del museo de cabezas de Futurama? Flotando en alguna solución protectora, miles de cabezas privilegiadas de la historia permanecen alienadas en los anaqueles del museo, a la espera de que entablemos conversación con ellas. Allí está Chomsky, por ejemplo. O Nixon, ejem.
La imaginación del ser humano para rellenar sus lagunas de ignorancia no conoce límites. Es capaz de inventar cualquier cosa, por muy extravagante que sea, para calmar sus zozobras espirituales. Y, paralelamente, siempre habrá gente alrededor para sumarse a ese nuevo sistema de creencias, aunque a todas luces quede patente que es la simple fantasía de un solo individuo.
A pesar de lo que prodiguen los poetas, el amor no es para siempre. Al menos el amor químicamente puro, si se me permite la licencia. Otra cosa es que, tras caducar el amor neuroquímico, una pareja continúe unida y feliz, aunque no necesariamente bajo el manto del amor sino de muchos otros sentimientos similares. El cariño, la camaradería, la complicidad y otros.
Cuando veo por la tele a uno de esos jetas que dicen que, a través de la grafología, pueden adivinar parcelas de tu personalidad, me subo por las paredes. Es algo visceral, pauloviano. Lo mismo me pasa cuando el jeta asegura que tal o cual persona es más o menos culpable de un crimen porque se le nota en el escorzo, en la manera de andar, en la forma de hablar o en su fisonomía. También me pasa cuando alguien
Una revisión de imágenes de circuito cerrado de 700 aparcamientos británicos junto con entrevistas con 2.000 conductores sugieren que, al considerarse una serie de factores como el método utilizado y el tiempo empleado, las mujeres están aparcan mejor su coche que los hombres.