Si bien Internet y todas sus herramientas online han favorecido el intercambio de ideas y los proyectos comunes a una velocidad inimaginable hace unos años, también se están produciendo otro efecto colateral: esas ideas están perdiendo profundidad y matices. Algo que está ocurriendo incluso en la investigación académica.
Al menos es lo que ha sugerido James Evans, sociólogo de la Universidad de Chicago, en un artículo que publicó en Science en 2008. Evans señaló que las herramientas de filtrado automatizado de la información, tales como los motores de búsqueda, tienden a servir como amplificadores de la popularidad, creando rápidamente, para luego reforzar continuamente, el consenso acerca de qué información es importante y cuál no lo es.
Para llegar a estas conclusiones, Evans reunió una gigantesca base de datos de 34 millones de artículos académicos publicados en revistas científicas desde 1945 hasta 2005.

Siempre he tenido la convicción de que los chistes no hacen tanta gracia por su contenido como por la forma en que se explican. De hecho, leer chistes no me hace ninguna gracia. Tal vez es que generalmente los chistes son muy malos. 

Por ejemplo, echemos un vistazo a la información contenida en los sonidos y las imágenes, que también se cuentan con estas unidades: los bits.
Vamos hacer un ejercicio de endogamia, o quizás de autoanálisis: ¿podríamos calcular cuánta información posee este artículo que ahora mismo estáis leyendo? No hablamos de lo valiosa que pueda ser esta información, ni tampoco de los cambios que podría producir en vuestra mente. Sencillamente de la información que contiene en bruto, independientemente de su valor informativo.
Estamos acostumbrados a que nos informen de cuál es el ranking de búsquedas en Google y similares, pero ¿qué es lo más buscado en una herramienta, digamos, más orientada al conocimiento como es la enciclopedia colaborativa Wikipedia?
Otro virus que marcó un hito fue un gusano informático llamado Nimda (admin. Al revés, una abreviación de “administrador de sistemas”). Se empezó a extender en septiembre de 2001, y marcó un hito porque fue el primer gusano que usó 4 métodos diferentes para infectar ordenadores, lo que lo convirtió en la navaja suiza de los virus informáticos.
El primer virus informático de la historia se llamó Creeper. Creado por Robert Thomas Morris. Su primera víctima fue un
En el eterno debate genes-ambiente se puede echar mano de unas cifras que pueden avivar todavía más el debate. Por ejemplo, que el espacio que nos queda en el cerebro para almacenar cultura (ambiente) es sólo de 4 megabytes.