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No queda políticamente correcto tachar de tonto a un animal. Sin embargo, en el caso de los canguros considero que podemos hacer una excepción. Así que allá va: los canguros, señoras y señores, son tontos.

Y ahora voy a explicaros la razón.

A pesar de que los australianos tienen una gran estima por los canguros, lo cierto es que los datos científicos dejan en entredicho su inteligencia hasta límites ridículos. Al parecer, la cabeza del canguro es muy pequeña en relación al resto del cuerpo (algo obvio, dado que un animal que se pasa media vida saltando en mejor que no lleve demasiado peso en el otro extremo del cuerpo).

El cerebro de un canguro gigante pesa 56 gramos. Su peso corporal, sin embargo, es de 35 kg. De modo que el cociente de peso cerebral en gramos y de peso corporal en kilogramos alcanza el de 1,6. Hasta un conejo alcanza el cociente de 4,8. Y una mujer humana alcanza un cociente de más de 23.

Es cierto que, cuando hablamos de inteligencia, el tamaño del cerebro no lo es todo, sino la complejidad de las conexiones cerebrales, así como el número de circunvoluciones cerebrales. Pero cuando hablamos de cerebro tan pequeños, entonces el tamaño sí que importa. Sencillamente, el cerebro del canguro es demasiado pequeño.

La teoría que barajan los biólogos, sin embargo, es la falta de alimento.

Esta última explica la ausencia de marsupiales carnívoros por el hecho de que Australia, con sus anchurosas estepas y su suelo extremadamente pobre en fosfatos, no produce suficiente comida para alimentar a las presas que pudieran colmar la dieta de unos carnívoros grandes y de sangre caliente, con una elevada necesidad de calorías. No en vano, la temperatura corporal de los canguros se mantiene a treinta y cuatro grados, claramente más baja que la de otros mamíferos. Su dieta no reporta las suficientes calorías para alcanzar valores más elevados.

Es decir, a falta de presas que cazar, no fue necesario que se desarrollasen grandes mamíferos carnívoros con elevados coeficientes de inteligencia (inteligencia suficiente para tener éxito entre los mamíferos y para satisfacer su necesidad de proteína animal).

En Australia no pudieron desarrollarse grandes cerebros.

Y entonces fragmentos como el que sigue del libro Vida animal, de Alfred Brehm, no nos parecen tan extraños, justo cuando narra la forma en la que murió uno de estos marsupiales: un susto durante una tormenta.

Inclinó la cabeza a un lado, sacudió de un modo extremadamente sospechoso y desorientado la cabeza aquejado por el imponente suceso, enfiló las orejas hacia el trueno retumbante, miró con tristeza sus manos empapadas de lluvia y espumarajos, se lamió con auténtica desesperación, respiró violentamente y se mantuvo sacudiendo la cabeza hasta el anochecer, momento en el que un paro respiratorio, que parecía haber llegado más rápido que la comprensión del terrible suceso, puso fin a su vida.

Vía | De focas daltónicas y alces borrachos de Jörg Zittlau

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