Los kukukuku: un pueblo que hace algo más que maquillar a sus muertos

Los kukukuku: un pueblo que hace algo más que maquillar a sus muertos
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Los kukukuku forman un pueblo de Papúa-Nueva Guinea que se dedica a restaurar incansablemente los restos embalsamados de sus antepasados para que luzcan siempre como el primer día.

Los kukukuku (también llamados angu) es un pueblo pequeño pero de costumbres muy particulares. Por ejemplo, los adolescentes y los jóvenes acostumbran a ingerir semen para adquirir fortaleza y virilidad. Nunca se besan. Y el contacto físico en público está prohibido. También la violencia forma parte de la vida cotidiana: no dudan en recurrir a continuos ataques sorpresa contra los pueblos vecinos; y entre ellos mismos también ejercen una violencia feroz: negar el saludo, por ejemplo, puede significar la muerte de un mazazo. Que tomen buena nota los maleducados.

La aldea Koke, en la provincia de Morobe, hogar de estos adoradores de los muertos, está situada a 1.500 metros de altitud y fue descubierta por la antropóloga británica Beatrice Blackwood. Algunas de las momias más antiguas de la tribu ya son centenarias y se conservan muy bien, ya que continuamente reciben cuidados por parte de los kukukuku. Por ejemplo, untan con resina los restos de piel que quedan en los huesos, reduciendo así la actividad bacteriana y también eliminando el mal olor producto de la descomposición. También usan una savia llamada kaumaka, que extienden sobre el cuerpo embalsamado y, con tizones al rojo vivo, la funden para sellar las grietas, a modo de pegamento.

El arte de conservación de los kukukuku pasa de generación en generación gracias a las clases magistrales que imparten los ancianos a los más jóvenes, en las que usan un cerdo que se seca y ahúma hasta que pierde el agua y la grasa. Cuando posteriormente se aplica esta técnica a un cadáver humano, el proceso de ahumado puede durar de 2 a 3 meses, dependiendo de las hechuras del fallecido. Hasta nosotros han llegado los detalles de este proceso secreto gracias a un misionero protestante, Walter Eidam, que en el año 1950 convivió con la tribu, convirtiéndose así en el primer blanco en acceder a este conocimiento ancestral.

Las momias, tan lustrosas ellas, se exhiben en una suerte de galería, y todas permanecen semisentadas gracias a unos palos de madera que las sujetan en esta posición. Allí es donde los indígenas de la aldea Koke acuden en busca de consejo y protección. Como si las momias formaran parte de un comité de sabios realmente avejentado.

Desde hace unos 20 años, sin embargo, el Gobierno de Papúa ha prohibido estas prácticas de momificación por razones higiénicas y los kukukuku han comenzado a realizar ritos funerarios más convencionales.

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